Cuando te hacen sentir chiquitito.

Este año me enteré que la mayor parte de mi vida — si es que no la totalidad — conviví con un trastorno que se llama TLP (Trastorno Límite de Personalidad). Más conocido como Borderline, las características de esta irregularidad son difíciles de explicar. Por lo pronto, digamos que tengo algún que otro mambo a la hora de regularizar mis emociones.

No elijo esas palabras con liviandad: el TLP es de amplio espectro, único y personalizado, y sería ridículo intentar resumirlo en algunas oraciones con un mínimo tinte de propiedad, más aún teniendo en cuenta que no soy psiquiatra. Mejor dejarlo vago e inconcluso, y hablar de mis sensaciones de forma más orgánica y sincera.

En fin: este resultó ser un año bisagra porque tuve que lidiar con la contaminación radioactiva de lo que fue una relación del tipo Chernobyl.

Un rasgo recurrente en los TLPs: no nos queremos mucho a nosotros mismos. Falla la autoestima (si bien a veces engañamos tapándola con soberbia), y nos resulta llamativo cuando la gente nos aprecia. Al fin y al cabo, cuando uno no se quiere a uno mismo, es difícil aceptar que otra persona es capaz de hacerlo.

¿Qué es lo que sucede cuando a eso le sumas una pareja que no te hace sentir valorado?

Caos.

Mi ex novia era una persona complicada. No voy a compartir la gran-historia-de-nosotros, pero si voy a hablar de un fenómeno en particular. Quiero hablar del Desequilibrio de Poder.

Yo pasé de ser un pibe inestable pero feliz, con algún mambo con el alcohol, a ser un pibe trastornado y miserable, con problemas serios con la cocaína. Y lo único que hubo en el medio fue una triste relación. Sí — yo ya tenía mis problemas — pero de la tierra fértil al fruto hay todo un trayecto. Y quiero compartir un par de advertencias, señales que no debería haber ignorado, porque tuve mis oportunidades de frenar el carro, y no las aproveché, y ahora estoy pagando el precio.

Hay ciertas personas que — sea por una belleza física irresistible, una manipulación emocional, o un proceso de seducción que se basa en hacerse desear, o una combinación de todos estos factores — son capaces de establecer un dominio sobre el otro. Se forma una ilusión en la pareja de que uno de los dos es superior, y en un mundo relativo como es el del amor, la ilusión es realidad.

Con mi ex, el desequilibrio de poder estaba presente desde el principio, pero yo simplemente pensé que era un juego de seducción. Imaginé que era una mujer un poco más difícil que las demás — al ser linda e inteligente, me parecía casi lógico. Me cancelaba salidas a último momento, ignoraba mensajes; ese tipo de cosas. Yo convivía con el miedo constante de que ella me diga que no quería verme más. No es la sensación más agradable del mundo, pero es algo que a veces hay que aceptar cuando estás empezando a salir con alguien.

El problema surgió después, cuando formalizamos las cosas. Nos pusimos de novios, nos dijimos que nos amábamos, nos fuimos de viaje juntos, y garchábamos mucho mientras nos susurrábamos intensas declaraciones posesivas.

Pero — el poder lo seguía teniendo ella. Fueron cambiando las tácticas para mantenerlo, pero lo seguía teniendo ella.

Empezó con las descalificaciones. Críticas infundadas, o exageradas; golpes bajos en momentos de sensibilidad. Frases estructuradas para mantenerte inseguro.

“No tenés chispa de vida.”

“Te amo pero también te odio un poco.”

“Nunca voy a amar a nadie como a mi ex.”

Ejemplos, para que vayan tomando nota.

Después, empezó lo peor de todo — de un día para el otro, decidía terminar con la relación. Cabe destacar que yo escuchaba las razones el mismo día que me llegaban las noticias; el proceso era interno, ajeno a mí, en el día a día escondía sus malestares. La decisión no duraba, porque al par de días se arrepentía; venía llorando a mis brazos y yo la perdonaba. Esto fue generando en mí una sensación de fatalidad, de que si yo no hacía bien las cosas, ella jugaba la última carta. Desde el primer día me había ido subyugando y ya el desequilibrio era tal que en mi cabeza, ella era la única que podía tomar la decisión de terminar la relación.

Después empezaron los terceros. Amigos, al principio — cosas raras después. Colchones emocionales que ella tenía siempre a mano para contarles nuestros problemas e hombros en los que ir a llorar cuando decidía separarse. Lo curioso de estos terceros es que era ella quien me hablaba de ellos — yo no tenía que meterme en ninguna cuenta para saber que existían. (Al principio, al menos, después me terminé metiendo.)

Era un sistema casi que diseñado para hacerme sentir menos, y terminó, como ya les dije, con su querido narrador yendo a comprar cocaína por primera vez porque en retrospectiva, no toleraba lo que estaba sintiendo.

¿A qué voy con todo esto? Supongo que hay que ir cerrando.

Mi ex novia no era una mala persona, y si lo era, yo no soy quién para juzgarla. Ella me hacía sentir chiquitito — pero el que tomaba la decisión de sentirse chiquitito era yo. El desequilibrio de poder lo generamos los dos — yo tenía el poder de abandonar la relación, lo tuve en todo momento, y tomé la decisión de no hacer nada al respecto hasta que fue demasiado tarde. ¿Por qué surgió esta dinámica? ¿Qué es lo que nos hace funcionar así? Si queremos enfadarnos, y echar culpas, y criticar, hay un caldo de cultivo para imaginar infinidad de teorías. Y no estoy diciendo que no haya que transitar esas emociones, pero es importante no perderse en el resentimiento. Al fin y al cabo, es más de lo mismo: seguís entregando el poder.

¿La solución? Valorarse a uno mismo.

Pocas cosas tan importantes en la vida como valorarse a uno mismo.

Cuando te valoras a vos mismo, podés empezar a hacer las cosas bien. Sea cuál sea tu objetivo en la vida — ¿Ser feliz? ¿Ganar guita? ¿Ayudar a los menos beneficiados? ¿Triunfar en tu carrera? ¿Cambiar el mundo? Te conviene empezar por valorarte a vos mismo.

No dejes que nadie te haga sentir menos.

De miles y millones de pequeños espermas el que ganó la carrera fuiste vos.

Nunca te olvides, naciste campeón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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