Separarse como en los ochentas

“Te amo”

“Ya lo sé”

(…)

“Si tenemos la mala leche de cruzarnos en algún boliche, ahí vemos como carajo lo solucionamos.”

Más pasa el tiempo y más me pregunto si valió la pena todo lo que perdimos cuando tomamos — ¿Tomamos? — la decisión de sujetarnos a la súper conectividad. Al fin y al cabo, es algo que fue surgiendo. En ningún momento nos pusimos de acuerdo para  tirar entre todos de la palanca.

Me acuerdo cuando apareció ICQ: te metías de vez en cuando, y era intenso, pero elegías estar en esa, unas horas al día. Después los mensajes de texto, metro pero retro: a veces, tenías que apretar cuatro veces un botón para elegir un carácter. Facebook, al principio, ni sabíamos de qué se trataba: era como un fotolog con un diseño más canchero.

Creo que fuimos dejando entrar las redes sociales en nuestras vidas de la misma manera que uno deja entrar la droga:

“Esto está buenísimo, qué más da, vamos a tomar un poco más.”

No quiero hacer concha las redes sociales = suficiente se ha dicho al respecto. Pero en lo que se refiere a un momento en particular en la vida de uno, podría decirse que sí: las odio, son una garcha, son veneno del alma; me gustaría haber nacido en el año sesenta.

Y es precisamente en el momento en el que terminás una relación.

Hagamos un Huxley inverso, por así decir. Pensemos, viviendo en este mundo trastornado, en un mundo feliz, pero en el pasado, claro…

Ponele que cortas con tu pareja. Ponele que al otro día no tenés que bloquearla de Instagram, para no saber en qué nada, con quién anda, en qué puede llegar a andar, con quién puede llegar a andar. Quizás no anda subiendo a facebook algún posteo pasivo-agresivo que hace  referencia directa-indirecta a uno. Ninguna frase ridícula con un paisaje de trasfondo, que poco tiene que ver con la complejidad de la situación. Ningún imbécil amigo en común mete la pata, porque ellos tampoco saben – ellos tampoco tienen redes sociales. Difícil saber a qué evento puede llegar a asistir, qué tipo de bandas le andan gustando, cuál fue la última película que la afectó. Imposible que aparezca como perfil sugerido; una foto de ella en el wall de algún amigo en común — imposible que el pelotudo de Zuckerberg te recuerde de aquel momento hace algún número de años en el que con ella, eras tan feliz.

¿Y si te pica la curiosidad? No tenés donde fijarte, salvo que hagas la mayor de las movidas y vayas a la puerta de su casa.

Con un parlante en tu cabeza. Como se hacía en los ochentas.

Ojalá…

¿Saben cuál es para mí la más perversa de estas pequeñas micro conductas psicóticas? La de subir un story al Instagram y fijarte si tu ex la vio. Lo que es peor — lo que pasa cuando tu ex no la vio. Las horrendas teorías…

¿Está haciendo un esfuerzo? ¿Estaba ocupada? ¿Cogiéndose otra persona? ¿Los está viendo desde otra cuenta? ¿Quién es esta persona que no conozco — será algún doble agente, alguien que labura con mi ex, alguien a quién le roba el perfil para chequearme los stories para que yo no me de cuenta que ella está interesada, si bien está clarísimo que ella está interesada, aunque puede que esto ni signifique absolutamente nada substancial, y sea simplemente una nostalgia imbécil, la cuál solo tiene rienda en este descontrolado mundo moderno?”

En fin.

Qué ganas de separarse como en los ochentas.

 

 

 

 

 

 

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