Adiós, querida amiga.

Ayer, 14 de diciembre, iba a ser un día especial. La noche anterior, mi equipo, Independiente, había salido campeón de la copa Sudamericana, y yo, muy pancho, iba a coronar la semana yendo al cine a ver el último episodio de la Guerra de las Galaxias, quizás la más grande de mis pasiones narrativas.

Ayer, 14 de diciembre, a eso de las siete, me llamaron para informarme que mi amiga había tomado la decisión de quitarse la vida.

Mi amiga era una persona muy dulce y sensible, con la que había compartido incontables conversaciones tanto de tópicos banales como profundos. Habíamos compartido guitarreadas, salidas, recomendaciones literarias, y alguna que otra línea de cocaína. A veces nos tirábamos onda, pero nunca llegó a pasar nada — no se habían alineado los planetas. Había alguna posibilidad de que suceda; a los dos nos gustábamos un poquito, así nos lo habíamos confesado alguna vez.

Claro, es lo que menos me importa. Lo único que siento es una tristeza infinita, porque imagino, debe de ser lo que ella sentía.

Desde que sucedió, no dejo de hablar con todos los amigos que teníamos en común. Cada uno lo procesa como puede. Uno jamás se acostumbre a la muerte, pero mucho menos a una muerte como esta. Una chica joven, hermosa, inteligente, sensible — colgada en el medio del living, rodeada de sus gatos, maullando del hambre, esperando que alguien se de cuenta que ya no contesta los mensajes.

No es algo que haya que procesar todos los días.

Algunos se enojan con ella, gritando a los cuatro vientos, por violenta, egoísta, y sobre todo por pelotuda.

Algunos se las arreglan para ver lo positivo; esa gente empalagosa, casi religiosa, a la que a veces dan ganas de cagar a trompadas. Dicen que ahora ella está en paz, que hay que mandarle buenas energías, que seguro le van a llegar.

Algunos, fríos, casi ni reaccionan; se les traban las mejillas, como si hubiesen estado tomando papa, y pareciera que nunca quisieron a la persona — si bien todos sabemos que eso no es cierto.

Y después están los que se quiebran — como yo. A veces no somos los más amigos, los más cercanos. Pero quizás somos los más parecidos. Quizás somos los que más los entendemos.

Lo que le pasó a mi amiga no es otra cosa que una tragedia. No es alguien que encontró la paz, no es un accidente, no es una pelotuda — es una tragedia. No le quiero enseñar a sentir a nadie, pero creo que sobre todo, hay que tener empatía: y tristeza infinita es lo que ella sentía, una tristeza tan terrible que decidió quitarse la vida. Hay que seguir adelante de algún modo, y recordar su sonrisa, y los lindos momentos; pero también hay extrapolar una enseñanza, para que su partida pase a ser más que un evento traumático, un pijazo en el alma, un 14 de diciembre de mierda.

La muerte de mi amiga me puso en mi lugar. Me hizo entender que los demonios están al acecho, y que si uno baja la guardia, te pueden ganar la pulseada. También me hizo entender que tengo a mis demonios mucho más controlados de lo que pensaba. Si bien a veces me siento un infeliz, tengo muchísimo por lo cual tengo que estar agradecido. Todo el tiempo, encuentro belleza y amor en este mundo trastornado — a mucha gente le cuesta, y tengo que estar agradecido.

Pero también me dejo un profundo sinsabor, y no hizo otra cosa que aumentar el odio que le tengo a esta sociedad. Mi amiga era una actriz que no se sentía realizada, una belleza entrada en años, y un alma sensible que no encontraba consuelo en sus miles de seguidores de Instagram. Se sentía triste, frustrada, pero nunca nos imaginamos una cosa así. En miles de charlas, nunca pidió ayuda. ¿Le daba miedo que la juzguemos? ¿Miedo que la frenemos? ¿Qué tan alienados estamos que no nos animamos a compartir cuando estamos pensando en quitarnos la vida? ¿Qué tan lejos nos sentimos los unos de los otros? Inteligente, sensible, talentosa, graciosa — Ella era una persona que este mundo necesitaba, y en cambio este mundo la terminó echando a patadas.

Alguna vez hablamos de que cada vez me costaban más los artistas suicidas — los Pizarnik, los Cobain; que me liquidaba, porque era como escuchar la voz de alguien que había perdido la guerra.

Qué semejante pelotudes la que dije aquella vez.

Lo que daría por escuchar tu voz una vez más, querida artista — querida amiga.

 

 

 

 

 

 

Cuando te hacen sentir chiquitito.

Este año me enteré que la mayor parte de mi vida — si es que no la totalidad — conviví con un trastorno que se llama TLP (Trastorno Límite de Personalidad). Más conocido como Borderline, las características de esta irregularidad son difíciles de explicar. Por lo pronto, digamos que tengo algún que otro mambo a la hora de regularizar mis emociones.

No elijo esas palabras con liviandad: el TLP es de amplio espectro, único y personalizado, y sería ridículo intentar resumirlo en algunas oraciones con un mínimo tinte de propiedad, más aún teniendo en cuenta que no soy psiquiatra. Mejor dejarlo vago e inconcluso, y hablar de mis sensaciones de forma más orgánica y sincera.

En fin: este resultó ser un año bisagra porque tuve que lidiar con la contaminación radioactiva de lo que fue una relación del tipo Chernobyl.

Un rasgo recurrente en los TLPs: no nos queremos mucho a nosotros mismos. Falla la autoestima (si bien a veces engañamos tapándola con soberbia), y nos resulta llamativo cuando la gente nos aprecia. Al fin y al cabo, cuando uno no se quiere a uno mismo, es difícil aceptar que otra persona es capaz de hacerlo.

¿Qué es lo que sucede cuando a eso le sumas una pareja que no te hace sentir valorado?

Caos.

Mi ex novia era una persona complicada. No voy a compartir la gran-historia-de-nosotros, pero si voy a hablar de un fenómeno en particular. Quiero hablar del Desequilibrio de Poder.

Yo pasé de ser un pibe inestable pero feliz, con algún mambo con el alcohol, a ser un pibe trastornado y miserable, con problemas serios con la cocaína. Y lo único que hubo en el medio fue una triste relación. Sí — yo ya tenía mis problemas — pero de la tierra fértil al fruto hay todo un trayecto. Y quiero compartir un par de advertencias, señales que no debería haber ignorado, porque tuve mis oportunidades de frenar el carro, y no las aproveché, y ahora estoy pagando el precio.

Hay ciertas personas que — sea por una belleza física irresistible, una manipulación emocional, o un proceso de seducción que se basa en hacerse desear, o una combinación de todos estos factores — son capaces de establecer un dominio sobre el otro. Se forma una ilusión en la pareja de que uno de los dos es superior, y en un mundo relativo como es el del amor, la ilusión es realidad.

Con mi ex, el desequilibrio de poder estaba presente desde el principio, pero yo simplemente pensé que era un juego de seducción. Imaginé que era una mujer un poco más difícil que las demás — al ser linda e inteligente, me parecía casi lógico. Me cancelaba salidas a último momento, ignoraba mensajes; ese tipo de cosas. Yo convivía con el miedo constante de que ella me diga que no quería verme más. No es la sensación más agradable del mundo, pero es algo que a veces hay que aceptar cuando estás empezando a salir con alguien.

El problema surgió después, cuando formalizamos las cosas. Nos pusimos de novios, nos dijimos que nos amábamos, nos fuimos de viaje juntos, y garchábamos mucho mientras nos susurrábamos intensas declaraciones posesivas.

Pero — el poder lo seguía teniendo ella. Fueron cambiando las tácticas para mantenerlo, pero lo seguía teniendo ella.

Empezó con las descalificaciones. Críticas infundadas, o exageradas; golpes bajos en momentos de sensibilidad. Frases estructuradas para mantenerte inseguro.

“No tenés chispa de vida.”

“Te amo pero también te odio un poco.”

“Nunca voy a amar a nadie como a mi ex.”

Ejemplos, para que vayan tomando nota.

Después, empezó lo peor de todo — de un día para el otro, decidía terminar con la relación. Cabe destacar que yo escuchaba las razones el mismo día que me llegaban las noticias; el proceso era interno, ajeno a mí, en el día a día escondía sus malestares. La decisión no duraba, porque al par de días se arrepentía; venía llorando a mis brazos y yo la perdonaba. Esto fue generando en mí una sensación de fatalidad, de que si yo no hacía bien las cosas, ella jugaba la última carta. Desde el primer día me había ido subyugando y ya el desequilibrio era tal que en mi cabeza, ella era la única que podía tomar la decisión de terminar la relación.

Después empezaron los terceros. Amigos, al principio — cosas raras después. Colchones emocionales que ella tenía siempre a mano para contarles nuestros problemas e hombros en los que ir a llorar cuando decidía separarse. Lo curioso de estos terceros es que era ella quien me hablaba de ellos — yo no tenía que meterme en ninguna cuenta para saber que existían. (Al principio, al menos, después me terminé metiendo.)

Era un sistema casi que diseñado para hacerme sentir menos, y terminó, como ya les dije, con su querido narrador yendo a comprar cocaína por primera vez porque en retrospectiva, no toleraba lo que estaba sintiendo.

¿A qué voy con todo esto? Supongo que hay que ir cerrando.

Mi ex novia no era una mala persona, y si lo era, yo no soy quién para juzgarla. Ella me hacía sentir chiquitito — pero el que tomaba la decisión de sentirse chiquitito era yo. El desequilibrio de poder lo generamos los dos — yo tenía el poder de abandonar la relación, lo tuve en todo momento, y tomé la decisión de no hacer nada al respecto hasta que fue demasiado tarde. ¿Por qué surgió esta dinámica? ¿Qué es lo que nos hace funcionar así? Si queremos enfadarnos, y echar culpas, y criticar, hay un caldo de cultivo para imaginar infinidad de teorías. Y no estoy diciendo que no haya que transitar esas emociones, pero es importante no perderse en el resentimiento. Al fin y al cabo, es más de lo mismo: seguís entregando el poder.

¿La solución? Valorarse a uno mismo.

Pocas cosas tan importantes en la vida como valorarse a uno mismo.

Cuando te valoras a vos mismo, podés empezar a hacer las cosas bien. Sea cuál sea tu objetivo en la vida — ¿Ser feliz? ¿Ganar guita? ¿Ayudar a los menos beneficiados? ¿Triunfar en tu carrera? ¿Cambiar el mundo? Te conviene empezar por valorarte a vos mismo.

No dejes que nadie te haga sentir menos.

De miles y millones de pequeños espermas el que ganó la carrera fuiste vos.

Nunca te olvides, naciste campeón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Separarse como en los ochentas

“Te amo”

“Ya lo sé”

(…)

“Si tenemos la mala leche de cruzarnos en algún boliche, ahí vemos como carajo lo solucionamos.”

Más pasa el tiempo y más me pregunto si valió la pena todo lo que perdimos cuando tomamos — ¿Tomamos? — la decisión de sujetarnos a la súper conectividad. Al fin y al cabo, es algo que fue surgiendo. En ningún momento nos pusimos de acuerdo para  tirar entre todos de la palanca.

Me acuerdo cuando apareció ICQ: te metías de vez en cuando, y era intenso, pero elegías estar en esa, unas horas al día. Después los mensajes de texto, metro pero retro: a veces, tenías que apretar cuatro veces un botón para elegir un carácter. Facebook, al principio, ni sabíamos de qué se trataba: era como un fotolog con un diseño más canchero.

Creo que fuimos dejando entrar las redes sociales en nuestras vidas de la misma manera que uno deja entrar la droga:

“Esto está buenísimo, qué más da, vamos a tomar un poco más.”

No quiero hacer concha las redes sociales = suficiente se ha dicho al respecto. Pero en lo que se refiere a un momento en particular en la vida de uno, podría decirse que sí: las odio, son una garcha, son veneno del alma; me gustaría haber nacido en el año sesenta.

Y es precisamente en el momento en el que terminás una relación.

Hagamos un Huxley inverso, por así decir. Pensemos, viviendo en este mundo trastornado, en un mundo feliz, pero en el pasado, claro…

Ponele que cortas con tu pareja. Ponele que al otro día no tenés que bloquearla de Instagram, para no saber en qué nada, con quién anda, en qué puede llegar a andar, con quién puede llegar a andar. Quizás no anda subiendo a facebook algún posteo pasivo-agresivo que hace  referencia directa-indirecta a uno. Ninguna frase ridícula con un paisaje de trasfondo, que poco tiene que ver con la complejidad de la situación. Ningún imbécil amigo en común mete la pata, porque ellos tampoco saben – ellos tampoco tienen redes sociales. Difícil saber a qué evento puede llegar a asistir, qué tipo de bandas le andan gustando, cuál fue la última película que la afectó. Imposible que aparezca como perfil sugerido; una foto de ella en el wall de algún amigo en común — imposible que el pelotudo de Zuckerberg te recuerde de aquel momento hace algún número de años en el que con ella, eras tan feliz.

¿Y si te pica la curiosidad? No tenés donde fijarte, salvo que hagas la mayor de las movidas y vayas a la puerta de su casa.

Con un parlante en tu cabeza. Como se hacía en los ochentas.

Ojalá…

¿Saben cuál es para mí la más perversa de estas pequeñas micro conductas psicóticas? La de subir un story al Instagram y fijarte si tu ex la vio. Lo que es peor — lo que pasa cuando tu ex no la vio. Las horrendas teorías…

¿Está haciendo un esfuerzo? ¿Estaba ocupada? ¿Cogiéndose otra persona? ¿Los está viendo desde otra cuenta? ¿Quién es esta persona que no conozco — será algún doble agente, alguien que labura con mi ex, alguien a quién le roba el perfil para chequearme los stories para que yo no me de cuenta que ella está interesada, si bien está clarísimo que ella está interesada, aunque puede que esto ni signifique absolutamente nada substancial, y sea simplemente una nostalgia imbécil, la cuál solo tiene rienda en este descontrolado mundo moderno?”

En fin.

Qué ganas de separarse como en los ochentas.

 

 

 

 

 

 

Este ha de ser el lugar

Hace algunos años, la idea de empezar a escribir un blog me generaba un cosquilleo en el coxis. Me resultaba un tanto pretencioso: ¿Quién te va a querer escuchar? ¿Qué tenés para decir que sea tan importante? La idea de andar compartiendo libremente con la gente las cosas que me pasaban momento a momento, me hacía muchísimo ruido. Ahora, resta con echar un ojo en cualquier app del celular para ver cuánto ha cambiado el mundo en tan poco tiempo…

En retrospectiva, era solo un problema con el medio, porque al mismo tiempo estaba escribiendo una novela: una bildungsroman con un alter ego literario en la que pelaba los más oscuros y retorcidos pensamientos. Pero claro, como me posaba en los hombros de Bukowski y James Joyce, continuando una larga y honrosa tradición de sangrar sobre las páginas, continuando la búsqueda de la única verdad… cero pretencioso.

La realidad, es que abro Instagram, y yo, como tantos, subo un story del sol dando la vuelta a la tierra como si fuese la primera vez que sucediera. Y todos nos alegramos y sentimos bendecidos por este grandísimo milagro de la naturaleza — y no tengo nada negativo para decir al respecto, si es que fuese lo único que tuviésemos en la cabeza. Porque  después hay otras cosas que preferimos ocultar, cosas que nos aterra compartir. Porque no queremos que nos juzguen, que nos miren diferente, porque tenemos miedo que X minita nos deje de dar pelota. Por eso este espacio… para mí. Para recuperar eso que tenía cuando me sentaba a escribir horas y horas con mi alter ego, que era ese espejo de mi consciencia, esa afirmación de mis propias ideas, y esa paz de poder ser y reconocerme como yo mismo.

Pero también habilito el espacio para los demás. Faltan voces limpias que lidien con temas taboo como lo son los trastornos mentales y la cocaína, por ejemplo. Y si alguien se siente identificado, aquí tienen algún tipo de compañero.

Así que nada: envío esta sonda hacia el espacio, como la placa de Carl Sagan que elegí como primer foto; aún, presumo, dando vueltas por el cosmos, buscando algún eco en la oscuridad.